El curso ha de ser visto como un aporte al mejoramiento de la calidad de vida de los
niños que sufren la pérdida de un ser querido o de algo amado, parte inevitable de la
vida que, si bien el dolor no se cura de forma inmediata, las consecuencias sobre el
mundo personal se pueden vigilar y controlar.
Toda pérdida en la infancia dejará siempre un “tatuaje emocional” de mayor o menor
tamaño, y de mayor o menor malestar, según la disponibilidad y efectividad de los
recursos externos con que cuente el niño…