El valor de la vida

Una de las cosas más difíciles de lograr cuando un ser querido muere es encontrarle el sentido a la vida que él o ella perdieron y a la nueva vida que empieza para los que nos quedamos; de manera natural tratamos, muchas veces con desesperación, de entender el por qué de una situación que nos causa tanto dolor, miedo y angustia. “¿Por qué?” es la pregunta casi inevitable que nos hacemos cuando perdemos a alguien que amamos y que nos enfrenta a la dura realidad de no encontrar respuesta, porque no la hay.

En mi experiencia personal y en la que he tenido acompañando a personas en duelo me he dado cuenta de que un camino para encontrar el sentido es reconocer la grandeza de la vida de los que mueren. Somos nosotros, lo que nos quedamos, quienes tenemos la hermosa responsabilidad de reconocer y comunicar a los demás el valor de la vida de las personas que han muerto, al hablar de ellos o simplemente al vivir siguiendo su ejemplo, aplicando lo que nos enseñaron, disfrutando lo que nos dejaron.

Pero ¿cómo apreciar realmente el valor de una vida? Sabemos que al morir no nos llevamos nada, por lo tanto el valor de la vida de una persona no está en lo que tiene, ni en lo que consigue. Algunos piensan que una vida bien vivida depende de lo que hacemos o experimentamos, en este sentido buscamos hacer muchas cosas y vivir el mayor tiempo posible coleccionando gran cantidad y variedad de experiencias, sin embargo ¿Podemos decir que es más valiosa la vida de una persona que ha vivido muchos años que la de un bebé que muere a las pocas horas de nacido? ¿Acaso le duele menos a una madre que su hijo muera en su vientre sin haber podido abrazarlo simplemente porque vivió poco? ¿acaso la vida de ese bebé no ha tenido ningún sentido? Sabemos que no es así.

Lo grandioso es que el proceso no termina ahí. Es común pensar en qué hacer o hacia donde ir cuando hemos perdido un ser querido o en que haríamos si lo perdiéramos pero pocas veces pensamos en los que se quedarán en el mundo cuando seamos nosotros los que muramos. Cuando encontramos el sentido a la muerte de alguien que amamos, podemos pensar con mayor claridad también en el sentido de nuestra propia existencia, el mayor regalo que podemos dar a los que amamos es vivir de modo que al partir, los que nos sobrevivan puedan seguir adelante gracias a lo que les entregamos, a lo que aportamos a sus vidas.

Lo que nos hace trascender no es la cantidad de años que vivamos, ni la cantidad de cosas que hagamos o que logremos, todo eso tiene sentido siempre y cuando signifique algo para los que nos rodean, lo que importa es lo que das, lo que entregas, lo que sumas a los demás. La única forma de vivir para siempre es ir dejando parte de nuestra vida en cada ser humano con quien nos toque compartir cualquier parte del camino, aunque sea breve.

Es a esto a lo que se refería Jesús cuando nos pidió amarnos los unos a los otros y es el ejemplo que nos dejó, vivir amando le da sentido a la vida terrenal y nos abre la puerta a continuar viviendo al dejarla.

Por eso nunca impidas que alguien que ha perdido un ser querido hable de él o ella, no te canses y escúchalo o escúchala con amor y paciencia, contrariamente a lo que pudieras pensar, no se está aferrando, no se está atorando, simplemente está en el camino de encontrar el sentido y de sanar.

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