Cuento «Donde habitamos nosotros»

Cuento «Donde habitamos nosotros»

En un abrir y cerrar de ojos, dentro de un bosque de esferas doradas, se encuentra un  camino verde, los árboles se extienden a lo alto, y las hojas secas crujen al caminar, acaba  de llover, el inconfundible olor a tierra mojada se levanta como un suave vapor del suelo y  los rayos del sol se vislumbran a través del maravilloso follaje, son cortinas sus hojas, son  arboles de cortinas verdes, parece casi como si nada pudiera entrar ni salir, tampoco es que  quiera irme… nadie querría.

Un ligero soplo de aire fresco me avisa que voy llegando, puedo  sentir los nervios y la emoción… es una cita muy especial.

 

Al final del camino he llegado a la pequeña puerta, no parecen las puertas del cielo, no lo  son; las dos maderas comidas por las plantas y el pasto cumplen perfectamente su función  y tienen la belleza de la sencillez, como un regalo envuelto en un papel de china bonito, no  hace le falta más pues anuncia que he llegado… aquí, vive mi alma. 

Abro las puertas con las dos manos y respiro hondo, sabiendo, que me estás esperando. Se  escucha ya el río de mi pequeña estancia, es verano y sé que las flores ya han florecido, la  balsa estará llena y los pájaros estarán cantando, para el invierno tengo que acordarme de  plantar un poco más de plantas, y cortaré el follaje de los árboles, para que entre más el  sol. Es bueno prepararse para el frío, sobre todo en el alma. 

Con más ganas que nervios, camino con decisión hacia el banco de madera… allí estás. Casi  no cabes de lo grande que eres, tengo que poner un banco más grande, o tal vez solo dos  cojines en el suelo… ¿Qué te gustaría? 

Te veo de espaldas, esperando, y me acerco con la nostalgia de encontrarnos de nuevo.  Llego a tu lado, sonríes… 

– Siéntate hija. Vives en un lugar muy bonito, pero para mi gusto le hace falta un poco de  “Rock & Roll”. ¿Dónde me vas a poner a Los Beatles?, y en este pinche banquito no me  caben las nachas. Pero no pasa nada, un día, cuando llegue tu tiempo, podrás venir a mi  Estadio de Futbol Americano, ahí tengo mi batería roja, y un restaurante “El Bajío” completito, todos los días me como mis tacos de carnitas. También tengo una oficina…  la sigo necesitando. Mi trabajo siempre ha sido y siempre será cuidar, de todos ustedes.  Por eso estoy aquí y no allí, yo soy “cuidador”, no “cuidado”, eso lo entiendes ahora  ¿Verdad? En esa oficina guardo todas tus oraciones, y las de tu mamá, aunque esas ya ni me caben, ijole ya te imaginarás cómo me tiene, todo el tiempo mandándole pajaritos,  colibrís, hojas y plumas… un día de estos le mando una avispa pa por lo menos reírme  mientras le corre. Bueno mija, ¿a qué vine hoy? 

– A estar juntos papá.

Cuéntame… cuéntame todo de nuevo.

– Pues fíjate que de chavo, íbamos de arriba abajo con el grupo de música, cantando y  tocando por ahí donde nos dieran un ratito, y dormía muchas veces en la parte de arriba  de las bocinas, porque con la lana que teníamos le hacíamos como podíamos. La verdad  que me la pasé a todo dar, demasiado jajaja, y agarré vicio pero mira, al final lo vencí en  esta vida, y eso da paz a mi alma ahora.  

Después ya sabes que las cosas se complicaron, mi mamá se puso muy mal, fue otra  lección de vida, al cuidarla aprendí que yo jamás quería verme mal, doy gracias a Dios  que me lo respetó. Y esa vez que conocí a tu mamá, qué bárbara, iba con sus taconsotes  y n’ombre, me quedé con la boca abierta, Dios fue bueno, también me concedió el deseo  de conocer a mi motor de vida. Somos tan bendecidos, y muchas veces, no lo vemos. 

Y mientras trabajaba y trabajaba, puedo decir que disfruté de todo, ya sabes, siempre  les dije: “ahorita mismo lo compramos”, “ahorita mismo nos vamos a comer”, “ahorita  disfrútalo”, porque yo ya sabía que la vida, es “ahora”. Por eso no olvides que en esta  familia, rendirse no es una opción, y que, a pesar de todos los problemas que tuve, nunca  fueron tan grandes como pa no sonreír. Hay que salir y orale, a echarle. 

La vida está en eso mija, en comer rico, en disfrutar ahora. Sí puedes, hazlo, si no puedes,  hazlo también. Tá bien que me traigas pa verme, pero vengo porque tú quieres que  estemos aquí, porque ahora yo estoy siempre. Ahí te voy cuidando cuando andas de  arriba para abajo, todo lo que quieras dímelo, a ver si “Papá Diosito” me deja cumplírtelo.  Háblame siempre, porque aquí estoy, y ya verás, cuando llegue tu tiempo, que no quieres  regresar… 

Casi sin darme cuenta, abrí los ojos.  

Sabiendo que sí, siempre puedo volver, al lugar donde habitamos nosotros.

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